Menú Cerrar

El 5G ya está aquí: así va a cambiar el mundo (y tu vida)

Las tensiones ya venían de Obama pero las noticias se fueron desparramando de los diarios en los últimos meses como un intrigante desencuentro entre los chinos y Trump: que si los ejecutivos de Huawei eran espías y Estados Unidos tenía que encarcelarlos, que si la empresa china no es trigo limpio, que si sus móviles no son seguros, que si le suben los aranceles, que si se le prohibe a Google, Intel o Qualcomm tener relaciones con ellos… Pero esta cosa de Huawei que ha llevado a Donald Trump a prohibir a las empresas norteamericanas la venta de componentes y software al gigante chino como un padre celoso, va mucho más allá de los telefonitos. 

El asunto engarza con la guerra comercial que mantienen ambas potencias y con el declive progresivo de la economía americana. China, el dragón dormido, se despierta y reclama su espacio histórico, su creatividad y su energía. Y no, no son móviles, sino el despliegue de la tecnología 5G lo que hace temblar a Estados Unidos. Los norteamericanos, que de espiar saben bastante, sospechan que Huawei, compinchada con el gobierno comunista, está desplegando capas ocultas en las redes para controlar las comunicaciones a su antojo. Lo único cierto aquí es que Huawei es líder mundial en el desarrollo e implementación de esta tecnología y que un retraso suyo supone un retraso para el mundo. O un ganar tiempo para los norteamericanos, según se mire.

¿Para qué necesitamos el 5G?

 

Pero fuera de todos esos celos y rivalidades, espionaje y malos malísimos de toda clase, EL 5G es algo revolucionario, aseguran los expertos, por cómo afectará al hombre común. Las antenas de telecomunicaciones actuales no le sirven a la gente del chip para sacar de la chistera todos los conejos de unos y ceros que nos tienen preparados. 

Las terrazas de los edificios y las cumbres de las colinas tendrán que soportar, una vez más, la instalación de pesados y ruidosos equipos para que funcionen los humanos con sus cachivaches. La principal característica del 5G es su velocidad, 10 veces más rápido que el 4G y con una capacidad de latencia, esto es, el retraso entre que se recibe y se ejecuta una señal, de apenas unos milisegundos. Esta inmediatez será la responsable de que la conducción autónoma se pueda desplegar con seguridad, lo que, en un entorno de tantos humanos tontizados que conducen escribiendo mensajes y actualizando su perfil de Instagram, parece un motivo para alegrarse. 

Además, los robots no conducen borrachos, no tienen prisa, no se enfadan y están aquí para obeceder (¡que obedezcan los robots y que los humanos conservemos el libre albedrío!). También para obedecer está la industria armamentista y todos los sistemas de guerra a distancia que convertirán al soldado en un adolescente con joystick frente a una pantalla mientras la guerra se desarrolla a distancia, a miles de kilómetros, por eficientes robots de la muerte. 

Los cirujanos también podrán operar a distancia asistidos por robots quirúrgicos que cumplen sus órdenes en remoto. Porque el 5G permitirá que todos los cacharros sean mucho más listos, empezando por los que la gente tiene en sus casas, esos Alexa y Echo y demás esclavos digitales del llamado internet de las cosas. Gracias al 5G la zapatilla con la que sales a correr se comunicará con la báscula de casa, con el asistente robótico encargado de subir las persianas, con la nevera, el doctor, con todo Twitter y con tu perro a través de su collar inteligente. 

También podremos darnos maratones de Netflix allí donde estemos e incluso (sic) trabajar desde una montaña remota con un buen chorro de datos asegurado. Pero las experiencias más distópicas serán gracias a la realidad virtual en los espectáculos, donde los espectadores de un concierto o un partido podrán vivirlo desde dentro gracias a unas gafas de VR que los introducen virtualmente en la realidad captada por las cámaras especiales que transmiten la señal de inmediato. 

Otro apartado aparte son las llamadas smart cities, donde los servicios públicos y la infraestructura estén comunicados entre sí a tiempo real y el tráfico, la gestión de residuos, el suministro de energía o los eventos se interrelacionen en tiempo real en aras de la sacrosanta eficiencia. Para muestra, un botón: cuando el 5G esté completamente implantado, los semáforos cambiarán a rojo o verde según el estado real del tráfico. Esto evitaría, por ejemplo, los atascos. 

5G… ¿la quinta revolución?

El impacto de todas estas cosas en nosotros mismos son impredecibles. Con las redes 2G lo más exitoso fue el inesperado SMS y cuando se desplegó el 3G prometía y posibilitaba el advenimiento de la sacrosanta videollamada aquello de “¿te imaginas, estar viendo a otra persona mientras hablas con ella?” Pensábamos que aquello que habíamos visto tantas veces en películas de ciencia-ficción del siglo pasado era el futuro, y por fin lo teníamos a nuestra disposición. Ahora pocos quieren verle la cara a su interlocutor, como demuestra un reciente estudio de la CNMC, que sitúa el uso de las videollamadas muy por detrás de los mensajes de Whatsapp escritos y las llamadas a secas.

Lo que nos lleva a la siguiente cuestión: el 5G, esos dos caracteres, están a punto de provocar una auténtica guerra comercial entre las dos primeras potencias, que puede hacer que se tambalee la economía mundial. Pero nosotros, como ciudadanos, ¿lo hemos pedido en algún momento? Queda por ver si lo que nos aportará esta tecnología compensará las consecuencias que se avecinan.